jueves, 20 de noviembre de 2014

Formas para extrañar a Cristina (2)

2

Queremos vivir en armonía, la felicidad nos mantiene, en primera instancia, anestesiados y propensos a la estabilidad. Cuando ella no habita en mi memoria se proyecta en el mundo real, hay una cohexistencia híbrida de Cristina y lo que amo de Cristina, toda unión impropia del sentido va más allá de lo que puedo dar a entender. Recuerdo que esta idea vino a mi luego de una novela abandonada del maestro Fiodor Dostoievski, hablo de  Nétochka Nezvánova,  en esta se relata la penumbrosa historia de una joven que cuenta el desfallecimiento de su madre y la trágica muerte de su padrastro, el mejor violinista de Rusia que nunca pudo consagrar su talento. Nuestra oportunidad de escapar de la novela está justamente antes de ser atrapados por la melancólica sonata que toca con su violín Efimov (el padrastro).  "Comenzó la música.  Pero aquello no era música..." La imagen se diluye, los sobresaltos comienzan poco a poco, la catastrofe del escritor es la gloria de la desdicha, de la tensión, etc. Sigue Netochka: "Lo recuerdo todo con una claridad particular. recuerdo cuanto en aquel instante embargó mi atención... No; aquello no era música, tal y como he tenido ocasión de oírla más tarde." Los rincones familiares de la conciencia desaparecen, lo interesante aquí es que el lenguaje se vuelve inservible, lo siguiente es producto de la imaginación perdida del lector:  "(...) No sé si por la obra de mis sentidos o  de sentimientos enfermizos y anormales que se conmovían ante los hechos de que eran testigos; pero estoy firmemente convencida de que oía gemidos, gritos humanos y sollozos. Una terrible desesperación brotaba de aquellos sonidos, y cuando, por fin, estalló el horrible acorde final, me pareció que se unía en un solo conjunto cuanto hay de más espantoso en los sufrimientos: la angustia y la agonía." (Fiodor Dostoievski, 61). Ya no tiene sentido continuar extenuando al escritor con formulas retoricas para llevarnos al hecho, a la compasión misma, solo hace falta dejarnos una escena del crimen lista, el lector puede reconstruir todo desde la imaginatio. Efimov abandona su estar-ahí, ¡Que cruda vergüenza la de un padre que arranca con sus acciones los pulmones de sus indefensos críos! ¡Que lúgubre tensión de lo inexpresable! Ante la palabra imposible, la muerte ronda. Lo que me llevó a escribir sobre una novela cual es la más desconocida de Fiodor, es la misma razón por la que me entrega una formula en la que nos permite habitar en la carne de quien omite comentarios, los señuelos léxicos se vuelven innecesarios, la dulzura del silencio más potente de todos arremete contra la palabra ¿Qué es lo que dice una mirada cuando el fulgor dorado de un corazón detiene su palpitar?  ¿Podemos acaso llevar nuestros recursos visuales del lenguaje hasta el punto de querer explicar el momento en que una mano impacta contra otra diferente y se vuelven gemelas en la comunión? ¿Alguien ha intentado, de forma temerosa, atentar contra el sentido común y llamar a nuestra resplandeciente pasión de alguna manera? Me parece temerario, pero no los quiero llevar por rincones en los cuales no pretendo esconderme, no hay palabras que suenen como el violín más triste y desdichado de Rusia, no hay lenguaje ¡Adiós lenguaje! No hay conexiones de signos ¡Adiós comunicación verbal! Te veo en la estrella del pasado que está a punto de suceder, te veo en el caer de una hoja, cuando el árbol rejuvenece siempre ante las miradas de admiración, es posible verte en la palabra Cristina, que no significa nada más especial que cualquier otra palabra, hasta que la llenamos de memoria, hasta que la palabra se vuelve inútil, te puedo llamar con la sonrisa de la mirada.