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De
momento, solo me interesa permanecer en el recuerdo de Cristina, intentar no
disipar los desniveles de almas, la coexistencia de separaciones,
la vacilación de flores humedecidas, sollozo de crepúsculo. Desde que
terminé de leer a Rimbaud, me dispuse a criticar el estilo desgarrador
de la pluma, suponer de primer momento que aquel joven yacía fuera de sí,
a mi parecer, sin preguntarle a ningún familiar, se exilió de la
triste ciudad. Durante toda la estadía en el infierno, nunca fui capaz de
encontrar una avenida, un pasaje donde doblar y encontrar amistades, etc., la
mujer y su amante, ¡gran delirio, de los delirios el
más devastador! Relámpagos de placeres, deseos,
es increíble, todo fuera de Atenas, de la república, adiós
pragmatismo. Hay que guardar la mirada en un cofrecito de bronce,
por mientras nuestros cuerpos se dignan a tocar con sus pies la tela
de la ciudad enajenante. Me parece que no habitamos la ciudad, se nos hace
imposible, al menos de primera impresión la calidez de la brisa ahoga de cierta
forma los pulmones y basta con un suspiro para dejar caer todo lo familiar que
poseemos. ¿La ciudad nos habita dentro de lo más superfluo de nuestro porvenir?
Sería preciso preguntarnos. Tomando por respuesta previa, admitamos que no podemos
habitarla por nuestra cuenta, nosotros somos poetas de otro infierno. Estamos
imposibilitados de toda decisión emocional (Se nos acabaron los impulsos), debo
correr desde el suave plumaje que me captura hasta una sala de clases, dejar
caer el sermón del profesor en el fondo de mi estómago, abordar un bote hasta
un libro prestado, ser perseguido por la frontera hasta quedar sin horizontes,
solo en el metro, cincuenta y cinco personas, la alarma para incendios, objetos
sin significante, etc. Hay que buscar a toda costa liberarse de la ciudad
(dentro de la misma acción), exiliarnos de forma precavida, exiliarnos de forma
abrupta, exiliarnos de forma solitaria y exiliarnos junto a quien desee el
exilio contigo con tal de llevarnos a todo recuerdo habitable con nosotros - no
en vanos egoísmos, sino en profundos encuentros con la carne ya
pasada-. Después del exilio se acaba Rimbaud, se acaba Baudelaire, se
acaba el poeta, todos se vuelven ajenos en el encuentro mismo del descenso, las
horas pasan en extravío ínfimo, pero no tan alejado de aquello que llevamos con
nosotros, la sangre vivida y la carne podrida. Pero no pretendo llevarlos por
aquel lugar que no conozco más que en hipótesis, solo hay que dejar
en claro que hoy solo me interesa permanecer en la retina de Cristina, el
exilio es en donde alguien te espera en casa.