lunes, 15 de julio de 2013

El Como termine escribiendo poesía - Final.

«El que se va sin que lo echen, vuelve con un montón de escusas»

Se me pasa por la mente ir un rato al balcón, es que ya hace un año que no veía la ciudad como antes. Aunque extraño un poco Ámsterdam por sus baratos lujos y la paz en las calles, casi siento que la soberbia y el disturbio de Santiago recaen como un recuerdo ameno sobre mí. Como un niño juego con el vapor que expele mi boca debido al inmenso frío que azota la capital. Es que justo se me ocurre volver en esta fecha, en donde los bajos ceros vespertinos me obligan a refrescar la memoria. Pues sé que en aquella placita que veo desde acá yo jugué cuando pequeño. No recuerdo como ni por qué mi papá conservo este departamento, tal vez tenía la verdadera convicción de que volvería. Los poetas nacen con un vacío en el alma que llenamos con libertad decía. En fin. Me comienza a surgir un deseo incontenible de observarlo todo, veo las ventanas, de los autos, de las casas y de los edificios congelados, incluso en una me podía ver reflejado con mi piyama de cuadros y esas pantuflas que me regalaron por error en el supermercado (una pequeña y larga historia). Entonces de un momento a otro siento que se me cae el corazón desde el octavo piso. Entre las cortinas vi a la Romina en el edificio de al frente, ella no me pudo divisar, de eso estoy seguro, me oculte en mi habitación, sentí bastante pudor y vergüenza. Me acorde que sigo siendo un cobarde y que aunque me pesara debía resolver este dilema de una vez por todas.

El semáforo me da una señal de confianza que a la vez me pide auxilio de rodillas, pero realmente no quiero romper aquel paradigma, sé que o terminara sus días como chatarra o quemado en alguna protesta un día jueves por personas que anhelan la destrucción de sus propios seres. Por lo tanto la única diferencia que podría hacer yo es quedarme un instante, ofreciéndole la más sutil compañía, pero voy un poco apurado o mejor dicho impaciente. Sería mucho más simple contarles que la luz verde cambio a roja y me quede un rato esperándola otra vez. Siempre vuelve. La luz verde, la poesía no sé. Es alguien que no posee dueña o dueño, le gusta caminar junto a quien le aprecia y nunca dice lo suficiente si cree ver a un extraño rondando el lugar.
Las cosas más curiosas retornan a una plaza con tan solo un juego, a veces intento ponerme en el lugar del otro y no por humildad precisamente entenderlo, pues eso es andrajoso cuando no tienes las agallas para enfrentar tu misma persona cada mañana. Ese pintor de plazas una vez pinto esta. -qué plaza más fea- siempre pensé yo, creo que aún lo pienso, pero él la pinto, es que así se iba por todo el país pintando cualquier plaza que encontrara bella o tal vez la fealdad de algo le causaba un sentimiento aún más ajeno a lo que puedo entender, pues no soy artista, nunca captaría un cambio en un libro si fuera el más mínimo, un pintor puede en su obra y tal vez una pintura, donde sea que la encuentres (en un museo, en una plaza o en una muralla de barrio) puede decirte más de ti que yo de ella, que complejo, no seguiré indagando en esto.

- Vicente.

Escucho una voz en mi espalda, era una cálida y amena, como una estufa cuando llegas con frío de un día lluvioso, pero a la vez frágil, como una copa de cristal, incluso siento que las aves sienten aquello y estremecen su corazón en el vuelo, junto con los árboles que dejan de aplaudir sus hojas, para colmarnos como quien fuera espectador de un silencio tan exacto que realmente nos dejan sin aliento la escena en donde nos esperamos un final feliz. Tonterías. Mentiras. Yo no sé de esos.
Hubo una noche en Holanda que la soledad era demasiado grande, rebasaba mis fronteras y para que no me consumiera, salí a recorrer Ámsterdam en la noche más oscura del año. No tenía compañía de la luna ni de las estrellas y la gente parecía al igual que por este continente, un ser exógeno a lo que llaman sociedad.
Las bebidas alcohólicas eran una buena salida, pero no la mejor, aunque entre a un bar solo para intentar aparentar un rato ser parte de aquello.

- Señor. ¿Necesita algo?
- deme un refresco de frutas. Por favor.
- al parecer no eres de por aquí.
- en lo más mínimo.
- le traeré una cerveza.
- bueno gracias.

Una mujer joven y un tipo un poco extraño estaban discutiendo, la joven tenía una rubia cabellera y el tipo era fornido y grotesco, tanto así que no vale la pena una descripción de él, luego de un momento me entero que son pareja, pero él era un infeliz que se la pasaba en ese bar y ella tenía que estar sola en la casa. qué triste, pensar que el verano se acercaba aunque el invierno aún se sentía en gran parte, todo parecía indicar que terminaría mal, pero el tipo decide dejarla ir o ella se logra zafar, porque él estaba bastante ebrio, ella sale por la puerta llorando. yo como de manera estúpida, pago mi cerveza y salgo tras ella.

(- ¡Vicente!)


Hay una ligera diferencia entre una flor marchita y una cortada, esa es la verdad, la primera volverá a la vida si se concede la fortuna en la siguiente primavera, pero si la cortas, bueno, solo quedara la muerte esparcida. Me dispongo a caminar tras esta mujer, solo para saber si esta igual que yo en alguna forma. Ella se detiene a la mitad del puente y si es que mi percepción fatalista y de preámbulos atina se dispone a saltar al río. Me apresuro porque veo que está apoyando sus pies en la baranda, como si ahí bajo el agua fuese mejor lugar que cualquier otro, la falta de sentido común, buscando una libertad que como dice Poe solo la muerte podría otorgar y definir.

- ¡Hey! no lo hagas.
- ...
- ¡Detente!
- no me toques. Déjame.
- no te dejare saltar.
- quien eres tú. Suéltame.
- te soltare, pero cálmate y platiquemos un poco. Por favor.

Me asalta una duda inmensa. ¿Se es feliz con lo que se tiene, o solo se puede serlo en el proceso de buscar la felicidad? y no tendría una respuesta si añado que aquí todo se contesta con otra duda o una mentira disipa el ritual magnifico de lo absoluto, como tomando en cuenta que un obrero trabaja arduamente por dinero que casi no ve. Podría de la misma forma luchar por su libertad a la cual le niegan con un cartel que dice: "Peligro. Marxismo. no se acerque. No mire. trabaje tranquilo, porque así y con esfuerzo se logra triunfar." este caso es un supuesto, pues cada cual puede encontrar aquella libertad en lo que le plazca, este concepto es tan vulgar y difuso que podría dar vuelta el sartén una mañana de octubre y por casualidad encontrarme con aquella libertad que quieren los vientos. El escritorio es incómodo.

- así que por eso estas harta.
- es suficiente razón ¿no crees tú?
-me parece suficiente, aunque me hace volver a remembranzas de un niño, ese que encantado con animales en la granja no buscaba otra compañía, pues como muchos erran, los animales si escuchan, más que un humano y a su manera. Pero no te quiero aburrir con eso. Cuéntame de ti.
- no me aburres para nada. Yo igual pasaba mis veranos en una granja que tenían mis abuelos.

Los ojos, quiero decir algo sobre ellos, a veces dejan llover, increíblemente tanto por la alegría como por la tristeza, no escatima entre ninguna de las dos. Y eso es lo que me causa la mayor curiosidad, son sinceros, no pueden mentirle a nadie, a diferencia de otra parte del cuerpo, siempre cumple su labor, aunque estén ciegos, son los que penetran en nuestro interior, una ventana al universo que se compacta en un alma. Independiente de un color definido, todos sugieren lo que realmente sentimos y reitero, nuestros ojos, son lo más cercano a la humanidad que podemos poseer. Ella tenía unos bonitos ojos, Pues seguían este patrón, Eran penetrantes, con vigor, aunque todo su cuerpo estuviera inmerso en una actitud totalmente contraria y pasiva.  
Así es como se pasa la noche entera conversando con una extraña, quien por cierto se llamaba Sofía. Como el origen de su nombre, era una mujer con gran sabiduría y fortaleza. Aunque pude equivocarme por el hecho de querer saltar del puente. Pero No especulare. Estoy dejando los malos hábitos.

- Vicente, eres tú?
- Romi...Romina.
- ...
- Te extraño. Aún lo hago.
- ...

A veces de ciertas formas termino diciendo lo que siento, eso me hace considerarme un mal escritor, no digo que sea el peor, solo soy, un desastre. En las noches los muebles me confunden, pero me recuerdan aquellos en donde sentí el cuerpo de Sofía conectarse con el mío en el más cálido sexo. Donde todo se convertía en un paraíso y nuestros tapujos eran parte del mundo tras una puerta. Una que con llave se mantenía y nos daba una seguridad orgásmica simple y perfecta. 
La despedida fue como ninguna, llena de placer y cero promesas, aunque las queríamos realizar, no caímos tan bajo y nos limitamos a dejar que nuestras almas abordasen las dudas que fuesen.
No pretendo negar esto, pues es precisamente lo que me llevo a que el papel fuera quien me advirtiera la realidad. Quería verla, Donde fuera, a cualquier hora, pese a todo, sin remordimientos, con todas las falencias, aunque termináramos en la violencia verbal más insólita ¿y por qué? porque hay cosas que en la arena de nuestra esencia no borran las olas que remueven cualquier perdón. Es más que eso. Ni siquiera se transformó este sentimiento, estaba intacto, como diría un tipo que cantaba por ahí: era todo igual que ayer, salvo porque es ahora. Incluso a cada paso sus ojos me lo iban confirmando.

Recuerdo que esa vez, viajamos a quien sabe dónde, porque los finales se anticipan y uno cree que se cierran puertas, pero en verdad, las ventanas te demuestran lo contrario. entre abrazos, besos, promesas y todo lo bajo y ridículo que implica el amor, le dije todo lo que sentía a  la Romina y por otra parte acabe mandándole una carta a Sofía. Para saber si ella logro lo que quiso. Pues sí. Se fue de viaje con un circo ambulante, realizando el show estelar de la gimnasta sobre la cuerda floja. Qué ironía que uno siempre acaba donde debe estar, por más que te propongas no hacerlo.
Por eso le conté todo esto y más a mi padre, otro viejo escritor loco. Lo peor es que nunca me gusto escribir, hasta cierto punto en mi vida, en la juventud infantil esporádica que vuelve como a los veinte años. Ahora, en donde sin un poema no soy nada me dejo llevar por lo que siento. Porque el destino, paranoia, encuentros extrasensoriales, llámalos como se te apetezca, porque estas cosas son reales, al menos más que lo que te cuenta un diario dominical. No quiero decir más, en el fondo uno sabe a dónde pertenece y esa tarde con ella lo comprobé, nuevamente.







- ¿por qué te ibas a arrojar al agua? cuéntame.
- Ja, Ja, Ja, ¿en serio pensaste que me arrojaría? Ja, Ja, Ja.
- era lo más obvio.
- Soy equilibrista circense, danzo en la cuerda floja. Cuando me siento hastiada del mundo
   paso por la orilla de este puente.
- oh...eso explica muchas cosas.