- Cinco minutos, es lo único que hay para contarles -
dijo don juan vitrina,
señor de la librería
la muerte
es honrosa
si se muere antes
añadió;
se vive un poco después
si se es feliz
o si mejor se es,
lo que uno siempre fue
más no dictaminar nada
a la prolija suerte
¿que me quedó para dar?,
¿que me quedó para entregar?
- ahora me quedan cuatro -
todos sabían,
lo simple que era
derribar,
aquellas palabras que dije
por que solo fueron eso,
polvo esparcido
estrellas dispersas al alba
canciones lanzadas al fogón
¿se confundió el que aun se admira?
¿se arrepintió el que aun se pregunta?
- le diré que solo me quedan tres -
entonces buscare
eso para impresionarme
atrás
de toda la ciudad de lo ínfimo
y me encerrare
en los actos simples
ya tire la llave,
no la busque en su imaginación
vagare también
por un segundo y medio
en la letrina
desesperada de lo universal .
- solo dos, calma... -
ya cerré
mi libro de sonrisas
de versos
con algunos recuerdos
y una estampa
de un hueón amargado
¿me cambiarías por un puñado de respuestas?
¿ venderías mis escasas razones?
- uno -
lo eterno
no tiene final
solo si es
suficientemente
eterno
para convertirse
en una mentira casual
tu sonrisa,
dios,
ying,
yang,
¿paz?
o esos segundos que nunca sobraron-.
al acabar
juan vitrina cayo
al suelo
entre sus obras,
junto al imperecedero
final
que brindaba
por otra historia acabada. (salud)
pero el no fue quien asesino a juan vitrina
ni tampoco fue quien creen ustedes
pero bien puede usted lector deducirlo.
como siempre.
.
Felipe Laeter.