Entonces le dije– Si, –a veces– leo
mentes. Mientras mi taza se sacudía al son del agua hervida entre granos
molidos de café. A lo que ella contestó– No, que estúpido, eso es imposible,
Seguida de una risita pro-sarcástica. Me pareció juego de relámpagos cenando o
formula de arena gélida con residuos de pasto vaciado en recipiente de vela, y
desde tal forma, yo le reiteré, como queriendo no ser tomado en serio. Y ella
me tildó de loco – ¿Pero es que a ti en la escuela no te enseñaron a leer
mentes, en tu hogar, tus padres? Le respondí suponiéndole (seguro me quería
salir con la mía). Y ella; No, estas demasiado loco, –tajante– ambos sabemos
que es una locura. Me dijo, ahora ponzoñosa aferrándose a su café con dos de
azúcar (tres de sonrisa de hecho). Pasó un minuto y se aferró más fuerte y otra
vez pronunció una pequeña risa algo discreta ahora. –Pero te puedo enseñar, si
quieres– le insinué. Fue una mirada picara la que ella liberó desde sus
costillas, supuse, porque se asomaron entre su vestido tal cual fuese
transparente color piel-gallina o colérica langosta hermosa. Esperó una señal,
yo le atendí rápidamente con un gesto sutil, de mi bolso asomé un artilugio: este
es un libro –le dije– en manera fría, dejándolo sobre la mesita del Café, ese cual
queda en la avenida principal, antes de los aromos y los cerezos, golondrinas
de papel castaño clavel. Te dejo a solas con él, concluí, antes de marcharme,
pagué la cuenta y salí por la mampara del frente. De ella y su respuesta, ya
sabrá el curioso que no lee, sino escucha, una letra tras otra, lenta.
Sospechosa, presunta implicada de la primera y no última.
“Por si las dudas, el libro consistía
en un conjunto de hojas de tipo cuadernillo, blanco amarillento, y una tapa
tosca, que al deslizar la mano por su textura, se percibe el relieve grotesco,
no así lo que pretendía: Pagina 1. Stepánchikovo y sus habitantes, Fiodor
Dostoievski.”