EL
NO-ESCRITOR
A los
No-escritores les gusta estar solos, es necesario, esencial, es la maquinación
prudente para una vida sin escrúpulos. El no-escritor, danza en el áloe vera
que crece entre las piedras. Conoce el rincón entre un cabello y otro, de la
raíz a la punta pues, de eso vive. De sermones de un libro usado, y de igual
forma come, por consiguiente digiere los versos ásperos de un cuaderno. Reza,
el No-escritor, arma un rompecabezas de días iguales con mañanas similares,
tardes como de-vez-en-cuando y noches tal cual si fuera sopa de
letras.
El
No-escritor, fuma el pronóstico semanal, de lunes-a-jueves fuma clima, de
viernes-a-domingos enciende los de un diario, basta con ver la ventana de su
pieza, parece muralla de barrio. Pero es preciso aclarar, que el No-escritor
vive con sus parientes cercanos, les fascina la soledad, pero no pueden, bajo
ninguna condición metafísica u antropológica vivir en el desvarió de sentir la
ausencia de otro. El No-escritor conoce sus miedos y les teme. Les teme y les
llora. Con una caricia, los consiente (alimenta).
Un
día el No-escritor, esperaba las inclemencias del tiempo –ocho pisos en la
agencia de correos– revisión de turno, la lengua –y su saliva– por las
estampillas. tres minutos después, Tristeza que recurre al perdón, sonrisa con
gusto a vereda plana y techo, cartón he ideas antiguas. Cree a su fe que, como
es de especular el No-escritor Espera el vaticinio del correo, nota al final,
casi post-data, no dijo nada y ella le recordó que ya no lo recuerda. Lo despiden
para no saludarlo, al No-escritor lo requieren, para ser parte de la crema
aglutinada, en un frasco de mermeladas comunes. Le advierten de una deuda, en
veinticuatro cartas del fisco. Más le vale pagar, el No-escritor no conoce la
playa de sus sueños –ni la cima que ha subido cuando los despiertos duermen–.
Sabe que le espera un
porvenir-nubes-de-plomo-y-asedio.
El
No-escritor tiene ciertos rituales, que lo alejan de las tribus gremiales, dora
una papa dentro de un libro, estrangula un lápiz para que salga lo que desea,
rasguña la puerta, que abre hacia su derecha, toca un instrumento a base de
cuerdas y tambores que responden al tacto de ciertos ojos, el No-escritor es el
compositor de la melodía universal, la de siempre –la de antaño– y el escritor
lo observa, crea círculos en el cielo, que se despliegan desde su pecho, como
tornados de malva e hidromiel en su copa nocturna, El No-escritor le
responde con una carcajada, ambos, pagan sus tragos con monedas sueltas.