domingo, 19 de enero de 2014

EL NO-ESCRITOR

EL NO-ESCRITOR


A los No-escritores les gusta estar solos, es necesario, esencial, es la maquinación prudente para una vida sin escrúpulos. El no-escritor, danza en el áloe vera que crece entre las piedras. Conoce el rincón entre un cabello y otro, de la raíz a la punta pues, de eso vive. De sermones de un libro usado, y de igual forma come, por consiguiente digiere los versos ásperos de un cuaderno. Reza, el No-escritor, arma un rompecabezas de días iguales con mañanas similares, tardes como de-vez-en-cuando y noches tal cual si fuera sopa de letras.    
El No-escritor, fuma el pronóstico semanal, de lunes-a-jueves fuma clima, de viernes-a-domingos enciende los de un diario, basta con ver la ventana de su pieza, parece muralla de barrio. Pero es preciso aclarar, que el No-escritor vive con sus parientes cercanos, les fascina la soledad, pero no pueden, bajo ninguna condición metafísica u antropológica vivir en el desvarió de sentir la ausencia de otro. El No-escritor conoce sus miedos y les teme. Les teme y les llora. Con una caricia, los consiente (alimenta).       

Un día el No-escritor, esperaba las inclemencias del tiempo –ocho pisos en la agencia de correos– revisión de turno, la lengua –y su saliva– por las estampillas. tres minutos después, Tristeza que recurre al perdón, sonrisa con gusto a vereda plana y techo, cartón he ideas antiguas. Cree a su fe que, como es de especular el No-escritor Espera el vaticinio del correo, nota al final, casi post-data, no dijo nada y ella le recordó que ya no lo recuerda. Lo despiden para no saludarlo, al No-escritor lo requieren, para ser parte de la crema aglutinada, en un frasco de mermeladas comunes. Le advierten de una deuda, en veinticuatro cartas del fisco. Más le vale pagar, el No-escritor no conoce la playa de sus sueños –ni la cima que ha subido cuando los despiertos duermen–. Sabe que le espera un porvenir-nubes-de-plomo-y-asedio.           


El No-escritor tiene ciertos rituales, que lo alejan de las tribus gremiales, dora una papa dentro de un libro, estrangula un lápiz para que salga lo que desea, rasguña la puerta, que abre hacia su derecha, toca un instrumento a base de cuerdas y tambores que responden al tacto de ciertos ojos, el No-escritor es el compositor de la melodía universal, la de siempre –la de antaño– y el escritor lo observa, crea círculos en el cielo, que se despliegan desde su pecho, como tornados de malva e hidromiel en su copa nocturna, El No-escritor le responde con una carcajada, ambos, pagan sus tragos con monedas sueltas.