domingo, 26 de mayo de 2013

Esa tarde con ella.



<< Toda cima es Horizonte; ante la duda, ¡suba! >>

Bueno y como todos los domingos, le dije a la Romina Villavicencio que fuéramos al cerro San Cristóbal a caminar, total las tardes se pasan volando y no quería pasar estos últimos días en Chile con una cara triste mirando la televisión y puteando al pan tostado por quemarse, comúnmente no va conmigo, o sea, el pan tostado lo puteo cuando se quema, pero que necesidad tenia de pasar Horas escribiendo mi tesis sobre la literatura grecolatina en un cuartucho que me daba el gobierno en pleno centro de Santiago, no le di más vueltas al asunto y mejor me fui.
iba en el metro y por suerte eche a la mochila algo de Pessoa, porque La Romina se demoró treinta minutos (algo habitual en ella),  ya que tenía que ir a dejar un trabajo al profesor de inglés antes de que se le acabara el plazo, pero yo realmente nunca me molesto cuando espero, incluso ocupo aquel tiempo para observar a las personas en su estado natural de miseria, me deprimo incluso cuando veo sujetos agrupados en un bus a centímetros de distancia y ninguno se habla entre sí,  aun así veo y oigo la agonía de la sociedad que impactan contra las bocinas de los autos, se liberan emanaciones de monóxido de sufre mucho y la polución moral daño un ecosistema que tiene cimientos creados con bolsas llenas de basura.
- Hola!
- Llegaste, ¿vamos?
- bueno.
Termina una palabra diciendo el principio de lo innegable, intenta decir algo de este u otro modo objetivamente, me busco entre una luz parpadeante del semáforo, en una mano que me somete al apuro (por qué hay que correr), va y viene lo que se va y vuelve y sucesivamente encuentro lo que pierdo justamente donde quedo la última vez, ¿por qué? , soy yo el que camina tal vez, las Huellas quedan, en la arena, en el mar, donde sea, en especial cuando se va en un barco sin remos y nadar no es una opción.
- ¡Vicente apúrate!
- porque eres tan enérgica, me matas.
- tu camina!, flojo Ja, Ja, Ja.
Aunque todo puede aclararse en un abrir y cerrar, me parece apropiado no negarme al placer de actuar por lo que siento, incluso de eso se trata el ser escritor. Ella se ve tan propia, única como una estrella, pero más sencilla, porque lo sencillo es lo hermoso, Sonríe y se vuelve  para mirarme únicamente con el fin de saber si le miro, no quiero correr, pues ir detrás suyo me habré el paso, disipa la neblina de mi mente abrumada, enciende y apaga luces aterrizando siempre en sus ojos verdes que lo dicen todo.
- la última vez me canse más, pero mira Vicente, está atardeciendo.
- se ve hermoso, ¿no crees tú?
- mmm... puede ser, pero solo con la compañía perfecta eso es posible.
- ¿Hace cuánto nos conocemos Romina?
- no sé, perdí la cuenta Ja, Ja.
- Ja, Ja, yo igual.
 - Oye.
- ¿qué ocurre?
- no, nada.
- pero dime, por fa.
- ¿yo nunca te he gustado?
- ...
Entonces que le podía decir yo, mire su rostro y vi un manantial de versos que se me borraron del cuaderno y tejían su cabello, incluso me siento un iluso intentando buscar palabras para describirle el alma, su aliento en mi pecho contrarresta la respiración del mío, el sonido que producía su voz era aquella canción que apagaba a toda la ciudad, ya no habían problemas, ni discusiones, todo pero todo era un absoluto poema en movimiento. "No sé", eso le dije, me detuve un momento, la ciudad en verdad era una mierda, la gente que vi era una mierda, el smok, la contaminación acústica, la vereda, la plaza, la pieza, el escritorio, la lupa, bueno, todo. ¿Y ella? ¿Que era ella para mí? ¿Que eran sus palabras a media noche?, ¿que eran sus abrazos, sus gestos? ¿Su persona?
- sí, te amo.
Le dije cuando la llame por teléfono desde Ámsterdam dos meses después, recuerdo que esa tarde ninguno de los dos quiso llegar a la cima por temor a no encontrar nada allí.